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viernes, noviembre 27, 2020
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Bolsonaro ya marca el paso en Brasil y en la región

Jair Messias Bolsonaro está lejos de ubicarse por encima de las divisiones que campean en la sociedad de Brasil, y ni con la banda presidencial recién estrenada pudo disimularlo.

No fue necesario esperar más allá de su discurso de asunción para comprender que, a partir del 1° de enero, hay un país con vencedores y vencidos. Ninguna novedad para la política latinoamericana, por cierto.

Para coronar su apuesta a la polarización, concluyó el primer discurso como presidente con una desafiante actitud de barricada: tomó una bandera nacional y proclamó a viva voz que “esta nunca será roja, sólo será roja si es necesario con nuestra sangre para mantenerla verde y amarilla”.

Una inequívoca señal de que piensa hablar y gobernar sólo para los suyos, a los demás les tiene asignado el rol de enemigos agazapados en un oscuro rincón de penitencia.

Cuando pase el fervor inicial, resta ver cómo procesará el nuevo orden esa otra porción de la sociedad que también es parte del país. Ahí conviven sectores de izquierda, feministas, homosexuales e indígenas, pero también moderados genuinamente preocupados por el futuro de la democracia.

Medidas severas

Las primeras medidas de gobierno ratificaron la severidad de las palabras y de los gestos: inmediata baja de empleados públicos temporarios (presentada como “limpieza de ideas comunistas” por el flamante ministro de la Presidencia, Onyx Lorenzoni); exclusión de lesbianas, gays, bisexuales y transexuales de los programas de promoción de derechos humanos; y quita de atribuciones a la Fundación Nacional del Indio (Funai), que hasta aquí se encargaba de identificar, delimitar y crear nuevas reservas indígenas.

Entre sus primeros decretos, también hubo un golpe al bolsillo de los brasileños, al disponer un salario mínimo menor que el que había calculado para 2019 la administración saliente de Michel Temer.

En la agenda de Bolsonaro, la recuperación económica de Brasil ocupa los primeros renglones y eligió, para tal fin, el camino de la ultraortodoxia, que tiene en el economista Paulo Guedes a uno de sus más acérrimos exponentes.

La entronización de ese funcionario como superministro de Economía augura una fuerte ofensiva en materia de privatizaciones y de reducción del gasto público, la más maravillosa música para los delicados sentidos de los mercados: en las jornadas inaugurales de la nueva etapa política, el real se fortaleció frente al dólar y subieron las acciones de la Bolsa de San Pablo.

El líder de la ultraderecha está empecinado con la reforma del enorme y deficitario sistema previsional. Guedes tiene la misión de atender esa obsesión mediante el diseño de un profundo cambio en ese terreno, con el antecedente de ser un gran admirador del sistema de jubilaciones privadas vigente en Chile desde la época del exdictador Augusto Pinochet.

Todo parece indicar que ese será el camino elegido, aunque aún no están claros los alcances del proyecto que estudian las nuevas autoridades.

Lo que se sabe con certeza hasta aquí es que Bolsonaro pretende elevar la edad jubilatoria a 62 años para los hombres y a 57 para las mujeres (hoy las edades mínimas para acceder al beneficio previsional se sitúan entre 60 y 55 años).

Pero los futuros jubilados al menos tienen un pequeño aliciente: el flamante presidente afirmó que no piensa en una edad mínima de 65 años, por considerarla “pesada” para algunas profesiones.

Mano dura

El otro gran frente de la nueva administración brasileña es el tema de la seguridad, uno de los caballitos de batalla de la campaña de Bolsonaro que más rédito le dio entre los ciudadanos, hartos de los robos, los asesinatos y la violencia en la vía pública. Su prédica a favor del aniquilamiento sin compasión de los delincuentes es una marca registrada.

Con semejante glorificación de la mano dura era de esperar que, a pocas horas de asumir, el nuevo presidente presionara a los parlamentarios brasileños para que aprobaran un proyecto de “seguridad jurídica para la policía”, cuyo objetivo es que los agentes puedan usar la fuerza letal sin temer consecuencias legales.

El flamante mandatario considera que con esa medida la Policía podrá actuar de modo eficaz, para reducir los delitos a la velocidad que, según interpreta, sus votantes reclamaban cuando lo eligieron.

Durante la campaña, el nuevo inquilino del Palacio de Planalto lanzó la idea de militarizar el país con efectivos del Ejército afectados a patrullaje de rutina en la vía pública. Pero, poco antes de asumir, aclaró que no avanzará en ese sentido si la Justicia militar castiga a los uniformados que disparen contra delincuentes.

La otra pata con la que Bolsonaro pretende mostrarse como un implacable en su combate contra el delito es el Poder Judicial, órbita donde decidió instalar al “paladín de la Justicia” Sergio Moro, máximo artífice de la operación Lava Jato y responsable de poner preso a Lula.

En algunos sectores, esa designación causó un efecto contrario al buscado, porque es visualizada como un premio de la ultraderecha al exjuez por sus actuaciones, ahora sospechadas de parcialidad política.

Bala, buey y Biblia

Bancada BBB: bala, buey y Biblia. Así se conoce en Brasil a un grupo de parlamentarios que representan los intereses de partidarios de las armas, el sector ruralista y las iglesias evangélicas.

Esa “triple B” probablemente también será la marca con la que pasará a la historia el ciclo político que acaba de inaugurar Bolsonaro, a juzgar por los sectores preponderantes que se observan en el nuevo esquema de poder.

La idea de poner bajo fuego a los delincuentes sueltos en las calles es congruente con la fuerte presencia de uniformados en el Gobierno.

De los 22 integrantes del gabinete, cinco son miembros de la Fuerzas Armadas designados al frente de la Secretaría de Gobierno, el Gabinete de Seguridad Institucional y los ministerios de Minas y Energía, Defensa, y Ciencia y Tecnología.

No hay que olvidar, además, que el vicepresidente, Hamilton Morao, es también un general retirado del Ejército.

A diferencia de lo que ocurrió en Argentina, los militares brasileños lograron conservar su prestigio tras la larga dictadura que terminó en 1985, mientras que la apertura democrática de ese año estuvo bajo la tutela de las Fuerzas Armadas.

Esto explica por qué buena parte de la sociedad es propensa a no poner en tela de juicio un mayor control militar del país.

Expansión rural

Los hacendados, mientras tanto, pisan fuerte en el Ministerio de Agricultura, Ganadería y Abastecimiento: Tereza Cristina Da Costa Dias, su titular, coordinaba la poderosa bancada ruralista del Parlamento antes de llegar al gabinete. A esa cartera Bolsonaro le transfirió la misión de demarcar las tierras indígenas, facultad que antes tenía la Funai.

Esa responsabilidad en manos de Da Costa Dias abre las puertas a la expansión de la producción rural a gran escala en tierras que históricamente ocupan poblaciones indígenas, lo que hace temer por el impacto en el equilibrio ecológico de esas áreas y por la subsistencia de las comunidades de nativos.

Otra faceta inquietante de la ministra es su conocida defensa del uso de agrotóxicos que, desde su punto de vista, “son remedios para las plantas que, usados en dosis seguras, curan; y en dosis equivocadas, matan”.

Medidas y polémicas en la primera semana

Decisiones controversiales en siete días de gestión.
Un gabinete de Gobierno con mucha presencia de militares
Ya antes de que asumiera formalmente como presidente de Brasil, el 1° de enero, Jair Bolsonaro era materia de controversia por la cantidad de militares que tenía pensado incluir en su gabinete. Además desde su vice, Hamilton Morao, son cinco más: en la Secretaría de Gobierno, el Gabinete de Seguridad Institucional y los ministerios de Minas y Energía, Defensa, y Ciencia y Tecnología.

Salario mínimo y decretos contra los indígenas y el colectivo LGBTI

Nativos americanos brasileños. (La Voz / Archivo)

Las tres primeras medidas de Bolsonaro, al día siguiente de su asunción, fueron polémicas. Aumentó el salario mínimo menos de lo que estaba previsto. En vez de los 1.006 reales (259,6 dólares) prometidos por Michel Temer, fueron 998 reales (257) dólares. También traspasó al Ministerio de Agricultura la misión de identificar, delimitar y crear nuevas reservas indígenas, lo que representa una pérdida de poder para esas comunidades. Y eliminó al colectivo LGBTI de la lista de las directrices de protección de los derechos humanos.
Despido de funcionarios y venta de unos 700 mil inmuebles del Estado

El jueves 3, el gobierno de Bolsonaro anunció la destitución de unos 300 funcionarios del Estado, que tenían contratos temporales, y la puesta en venta de muchos de los 700 mil inmuebles que posee el Estado brasileño. El encargado de concretar los despidos fue el secretario de Gabinete, Onyx Lorenzoni. Ya en el discurso de asunción el presidente se había referido a una “limpieza ideológica”.
Proyecto para que los policías no sean juzgados por actos de servicio

Policia Civil brasileña. (La Voz / Archivo)

El sábado 5, Bolsonaro les pidió a todos los poderes del Estado que aprobaran un proyecto de ley de “seguridad jurídica” para la Policía, en el que se contempla la imposibilidad de que sean juzgados por hechos ocurridos mientras están de servicio. “Sin garantías necesarias para que los agentes actúen en favor de los ciudadanos de bien, la reducción de los delitos no ocurrirá a la velocidad que piden los brasileños”, tuiteó el mandatario. “Si un policía mata a tiros a 10, a 15 o a 20 tipos, tendríamos que darle una medalla, no llevarlo a juicio”, dijo durante la campaña.
Privatización o liquidación de unas 100 empresas estatales hasta 2022

El ministro de Infraestructura de Brasil, Tarcísio de Freitas, aseguró ayer que el Gobierno evalúa privatizar o liquidar un centenar de empresas estatales hasta 2022, en el marco de sus planes para reducir el tamaño del Estado. “Obviamente, no estamos hablando sólo de privatizaciones, sino también de liquidaciones de empresas que no tienen tanto sentido”, declaró el ministro.

Marcha atrás en la decisión de instalar bases militares de los Estados Unidos.

Soldados brasileños. (La Voz / Archivo)

Ayer, Bolsonaro resolvió dejar sin efecto el proyecto de instalar una base militar estadounidense en el país, como había ofrecido la semana pasada al secretario de Estado norteamericano, Mike Pompeo, informó ayer la prensa brasileña. Así lo revelaron “altas fuentes militares” citadas por el periódico Folha de São Paulo, que agregaron que el mandatario desistió de autorizar la presencia de tropas estadounidenses luego de que el tema causó cierto malestar entre algunos generales. La idea era compensar el armamento ruso que posee Venezuela.

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